miércoles, marzo 11, 2009

No quiero estar todavía en Internet

Ya no voy a esperar nada. Tampoco voy a buscarlo. Por un periodo corto o largo de tiempo, poco me importa. El tiempo ha pasado y he intentado ponerle freno, acotaciones al margen, subrayados en rojo.
Soy una persona muy joven y muy vieja que no puede comunicarse.
Lo he intentado de todas las maneras posibles.
Bueno, miento, no lo he intentado en absoluto.
He esperado, como hasta lo mas sesudos filósofos esperan, a que alguien me descubriera y entendiera. Quizás haya sucedido sin que me diera cuenta, quizás no.
Ahora ya me da igual y, por lo tanto, debería dejar de escribir.
Escribir es, en principio, un acto de confianza en que la comunicación es posible.
No es culpa de las palabras si estas al final no dicen nada.
Yo, lo único que quería al principio, era hablar de un jardín en el que estuve una vez en un pequeño pueblo de Irlanda (Quin)
Quería explicar lo que sentí allí, en el jardín, con la luz y el viento en los ojos.
Ahora me pregunto para qué, por qué.
En lugar de intentar comunicarme he pensado tramas, finales inesperados, destellos amorfos, hilos que tuvieran un principio y un final.
Todo sin realmente necesitarlo o sentirlo. Sencillamente hecho con la ilusión de que así engañaba al ojo y conseguía poner por escrito lo que creía era esencial explicar. Lo que yo veía, como cualquiera que se sienta en un café a tomar notas, que pensaba yo era mas interesante que lo que veían los demás.
También, por que no decirlo, me gusta cuando la gente lee. Me gusta mirar a las mujeres que leen, a los adolescentes en el metro que leen, las uñas mordisqueadas sujetando libros de aventuras, las páginas dobladas, los ojos prendidos en las palabras, ajenos al mundo.
Me gusta eso mucho, y eso trasciende a mi deseo de comunicarme. Porque lo que yo querría es contar esas historias que hacen abstraerse a los ancianos, a las niñas remilgadas, a los jóvenes pasotas, a las marujonas.
Marujonas somos todos, un poco.
Todos somos iguales en este asunto. A todos nos gusta saber de los otros. Somos curiosos. Abrimos la boca, los ojos, y tragamos historias como píldoras doradas.
Pero las píldoras doradas se han acabado aquí. Hoy. Por ahora. Esas pequeñas píldoras.
No quiero estar todavía en Internet.

viernes, marzo 06, 2009

El niño del Pozo


Yo fui uno de esos niños que se ahogó en una piscina. Uno de los miles de niños que cada año se ahogan en piscinas de todo el mundo. No sé exactamente cuantos de nosotros morimos porque al no ser victimas de nuestros padres, o de pedófilos, guerras o el hambre no nos tienen tanto en cuenta en las estadísticas de mortalidad infantil.
De hecho hasta ahora creo que nadie ha creado organización ninguna para evitar que sigamos muriendo ahogados en piscinas. Quizás no seamos tantos como creo. Por otro lado nos olvidan rápido.

Lo bueno de ser un ahogado es que ahora vivo en el líquido elemento. No es que esté "vivo" pero podría decirse que mi espíritu o mi mente siguen por aquí. Soy capaz de evaporarme cuando el sol pega fuerte y caer en forma de lluvia sobre riachuelos y torrenteras, también me deslizo con el agua sucia de los canalones y caigo entre los barrotes de las alcantarillas.

De esta manera he volado por los aires convertido en un ligero copo de nieve. He estado encerrado en un carámbano durante larguísimos meses de invierno en algún lugar de Alaska. He viajado convertido en vapor sobre las laderas de las más bellas montañas. También he buceado en otro tipo de líquidos como orines, vómitos, lagrimas, mezclado con la sangre en las batallas, confundido entre el sudor del cuello de los hombres.

Ahora, desde hace algún tiempo, habito en un pozo de agua fría, al fondo de un huerto frondoso. Sobre el brocal del pozo caen las ramas de una parra cargada de uvas verdes. Las avispas bajan para beber hasta la superficie, algunas ranas chapotean en la oscuridad y, todas las tardes, el rostro encendido de una anciana de mejillas enjutas, ojos diminutos y azules, se asoma al brocal para bajar lentamente un cubo y subir unos cuantos litros de agua a la superficie.
Todos estos días he deseado poder ser atrapado por el cubo que la mujer lanza pero no ha sido hasta hoy que el azar me ha empujado con las otras partículas de agua y he podido ocupar mi espacio en el cubo.
A medida que el chirrido de la polea se hacia más agudo yo veía más cerca los ojos hundidos y azules de la anciana, los racimos de uvas verdes y el cielo azul intenso asomando entre las hojas de la parra.
La anciana ha echado a andar con el cubo muy lentamente. Apenas daba dos pasos y se detenía para tomar aliento. En esos momentos aprovechaba para observarla mejor. Era muy vieja pero tenia algo juvenil en el rostro, se cubría los ojos con sus nudosas manos para protegerlos del sol, murmuraba algo o al menos eso me parecía por el movimiento de sus labios, después suspiraba, se agachaba de nuevo, enroscando los dedos en el asa del cubo y despacio lo elevaba, haciéndome rebotar contra las paredes.

Estaba muy contento de haber salido por fin del pozo.En esta mi nueva vida he conocido a muchos niños que murieron en pozos pues por alguna razón que desconozco los pozos ejercen una atracción fatal sobre los niños. Mirar el fondo, lanzar piedras, oler el hedor de sus entrañas y caer dentro es todo uno. Los niños encerrados en pozos no salen tan fácilmente como los que mueren en las piscinas. Por eso me alegré mucho cuando esa anciana señora me saco por fin de allí.

La mujer había hecho un esfuerzo sobrehumano para meter el cubo en una casa fresca y de paredes blancas, la oía luchar por recuperar la respiración, su mano temblorosa sujetándose al muro de la casa. Vi la cola estirada de un gato y sus dos garras suaves en el borde del cubo. Me reflejé en sus ojos verdes y sentí la caricia de su lengua rasposa. Pero no llegó a tragarme porque la anciana le espantó antes de que eso sucediera.

No sabia lo que iba a pasar después pero estaba impaciente. La anciana levantó el cubo y la luz del sol me dio de lleno. Después lo volcó sobre una pequeña bañera de azulejos blancos. El agua se quedo allí estancada conmigo dentro, podía ver una ventana con geranios rojos.

Permanecí bajo los rayos del sol durante casi una hora, notaba el cosquilleo del agua y pensaba que no tardaría en evaporarme. Afortunadamente aparecieron las nubes y de alguna manera ralentizaron el proceso. Todo estaba en silencio, un reloj hacia tic-tac en las profundidades de la casa. Comencé a adormecerme cuando escuche un grito agudo y prolongado.

Un bebé de ojos azules y manitas rosadas se miraba en la superficie del agua, temblaba de excitación, estaba desnudo y su piel blanca parecía lanzar chispas de luz. La anciana lo sujetaba con un brillo de orgullo en los ojos. Muy despacio lo empujó dentro de la bañera, ahora sus ojos estaban muy serios, los brazos tensos y la boca apretada, como si temiera romperlo.

El bebé se balanceó en el agua, buscando el equilibrio, las manos temblorosas de la anciana le ayudaron a no caer. Cuando estuvo sentado golpeó el agua chillando, embargado por la más absoluta de las alegrías. Nunca había visto a nada ni a nadie ser tan feliz.

La anciana estuvo acariciando al bebé con una esponja por espacio de unos diez minutos. Yo podía ver bien cerca su rostro de profundas arrugas en las mejillas, besaba al niño en la frente y reía cuando el niño reía, abría mucho su boca de escasos dientes, levantaba los ojos al cielo y lanzaba una risa estremecedora, como un clac, clac, que me volvía loco.

Cuando me di cuenta que la anciana había comenzado aclarar al bebé me dije que en breve me iría por el desagüe con los restos de jabón y quien sabe si no acabaría de nuevo en la fastidiosa oscuridad del pozo.

Pensé en la anciana sacando el agua del pozo cada tarde, acarreando sola el cubo para el baño del niño en la tinaja de agua calentada por el sol.
Supe que ese esfuerzo libraría al niño de cualquier mal por muchos años y sospeché que quizás eso era lo que me había llevado a morir ahogado, porque yo nunca tuve a nadie que hiciera aquello por mí.

El niño estaba ahora de pie en la bañera y la anciana consiguió atraparle entre la toalla. Todas mis partículas se juntaron en ese mismo instante con una única finalidad, no necesitaba pensar mucho para darme cuenta que prefería la mortalidad de aquel bebe a la inmortalidad de ahogado que arrastraba desde hacia tantos años.

El niño salió de la bañera alzado por las manos de la anciana y, mientras, parte de mi se aferraba a su piel sonrosada.

Despues la anciana colocó al niño frente a un gran espejo donde se reflejaban las sombras de los árboles en el jardín, el niño rió balbuceando palabras secretas y ella comenzó a secarle amorosamente, primero los pies, después las rodillas, el sexo, suavemente, las manitas, el cuello, las orejas, todo ello canturreando delante del espejo: " Mi niño, mi niño guapo".

En ese momento de luz y de silencio, de tic tac en el reloj y canto de los pájaros, en la misma hora en la que yo me ahogaba en la piscina de aquel verano lejano porque nadie tendió hacia mi sus brazos, en ese instante yo nacía de nuevo, dispuesto a quedarme con el bebé hasta el día de su muerte.

viernes, febrero 06, 2009

El Incubo


El psiquiatra la recibió correctamente. Un señor de bigotito cano, manos pequeñas y blancas, ojos grises y nariz grande, muy pegada a los labios.
La señaló el diván y, desprendiéndose de su reloj de pulsera dijo.
- Dori, túmbate y, cuando quieras, empieza.
Dori se descalzó y se recostó en el diván, posando inmediatamente los ojos en el techo, un techo alto con una cenefa de escayola.
El la había advertido previamente que sólo la detendría cuando encontrase un nudo mágico. Es decir, una respuesta infalible dada por ella misma sin percatarse de ello. La solución ofrecida por el nudo mágico, recalcó el lacaniano, sería la única capaz de resolver sus problemas.
Con esa esperanza abrió la boca y habló dejando que sus palabras vinieran directamente del pensamiento.
‘Si le cuento la verdad, qué estupidez es todo pero quiero que sepa que un ente que no es de este mundo me visita cada noche para poseerme’
Dori hizo una pausa pero como nada sucedió se pasó la lengua por los labios y continuó. Sentía que, mientras hablaba, el íncubo comenzaba a materializarse entre las pesadas cortinas de la habitación
‘Yo tenía veinte años. Era una chica con gustos extraños. Me gustaban los relámpagos, los nubarrones negros, las montañas, el viento meciendo las copas de los árboles. Si tenía la oportunidad me escapaba al cementerio de mi pueblo. Entre las lapidas me sentía completa y feliz. También me gustaba andar hasta perderme en algún sembrado de trigo, dejando que las espigas me cubrieran por completo, entonces me tumbaba y me ocultaba del mundo. Esas eran mis mayores satisfacciones'
'No sé cuando vino ni por qué vino pero le acepté encantada. Hablo de él. Era verano, la ventana estaba abierta. Yo estaba medio despierta, por eso me acuerdo tan bien de sus manos enterrándose en mis cabellos, su aliento cálido en mi espalda, entre los omoplatos. Me hizo el amor y yo no pude resistirme. Me hizo el amor, ¿entiende? No fue simple sexo, y se lo agradecí dejándole que lo hiciera, no intenté despertarme del todo a pesar de que recuerdo ver la luz entrando en el cuarto y las cortinas agitándose con el viento'
'Después pactamos. Para mí era lo más increíble lo más puro lo único que tenía en la vida. No daba un paso sin pensar en él. Estaba en clase, en el autobús, esperando en cualquier sitio y siempre pensaba en él'
'Llegué a creer, qué tonta, que me había elegido por ser alguien especial. Yo era una niña inocente. Bueno, usted me entiende'
'Por supuesto y a pesar del pacto no guardé mucho tiempo mi secreto. Una noche salí con una amiga que se burlo de mí por algo. Sin titubear le conté lo de las visitas para hacerla de rabiar y fue ella la que por primera vez me dijo que estaba loca'
Dori se detuvo y dejó pasar unos segundos en silencio. Sentía que él ya estaba allí y además se estaba enfadando, oía chasquidos en suelo de madera, probablemente sus pasos airados. Maravilloso, se dijo. No lo había planeado así desde el principio pero si el lacaniano conseguía verle tenia muchas posibilidades de que por fin la creyeran.
'Por supuesto, ningún hombre quería estar conmigo. El les hacia algo, no sé el qué, porque al principio si que consentían en salir conmigo. Íbamos al cine, a bailar, al teatro, teníamos largas conversaciones en el coche, hacíamos el amor y se enamoraban de mí. Todo iba bien hasta que se cansaban de repente y dejaban de llamar.'
'No me importó hasta que me enamoré locamente de un hombre que me abandonó al poco tiempo sin ninguna explicación, después de jurarme y perjurarme que me amaba, llorando, incapaz de explicar por qué me abandonaba.'
'Entonces comprendí que era él'
'Le pedí una noche que me dejara en paz. Le expliqué que con él no podría tener hijos ni fundar una familia ni irme de vacaciones a Oropesa del Mar. A él no podría traerlo a la boda de mi hermana ni invitarle en Nochebuena a casa ni comprarle un regalo por San Valentín.'
'Además, yo no le amaba. Yo quería al otro.'
'Se lo supliqué llorando'.
'Pero cuando me dio la espalda, riéndose de mí, inmune a mi sufrimiento, supe que estaba condenada.'
'Desperté con todo el cuerpo agarrotado, llena de calambres, helada.'
'Y ahí empezó de verdad mi tormento.'
Dori arrugó la nariz y miró hacia las cortinas verdes del despacho del psiquiatra. ¿Era posible que él estuviera allí? Sí, sin duda era él, le conocía bien, era tan orgulloso que iba a delatarse solo, pensó esperanzada.
'Llamé a muchos programas de televisión, a videntes, acudí a brujas de barrio, a curanderas. Fui incluso hasta Galicia porque una de esas tarotista impotentes me dio el nombre de una poderosa meiga. La mujer hizo todo lo que estuvo en su mano- moler piojos en un mortero, arrancar plumas a todas sus gallinas y hacerme dormir sobre ellas, no sé, de todo- pero ni aun así me lo quitó de encima. Al contrario, yo creo que le cambió el amor y ahora, la mayor parte de los días es violento y apenas me habla, sólo me dice hasta mañana antes de irse.'
'Llevo más de diez años así. A pesar de lo que ustedes creen no se marcha con pastillas. '
Dori no despegaba los ojos de las cortinas. Tenía que insistir y hacerle enfadar de verdad. Pero ¿cómo? ¿Cómo?
'Yo no le quiero, continuó, Al principio le quería porque como dije era joven y no sabía nada de la vida pero ahora le desprecio con toda mi alma, la poca que me queda'.
Sí, ahora parecía que las cortinas se inflamaban. Era él, hecho una furia, a punto de provocar un vendaval, Dori sonrió y siguió adelante.
'No es más que un pobre sátiro, un desgraciado sátiro con menos corazón que un animal, un depravado, un espíritu sin esperanza, repulsivo, seguramente cubierto de escamas.'
'Yo, yo soy mucho mas que él. Mucho más que él, he aprendido a nombrar las estrellas, sé escribir, sé cómo cuidar a mi anciana madre, cocino, leo cuentos, rio con los chistes, tengo hermosos geranios en mi balcón y sé perdonar a los que no saben que la vida es tan poca cosa que no merece la pena hacer el mal porque si no se condenaran como él, ser como él ha de ser el peor de los destinos.'
El psiquiatra emitió en ese instante una especie de maullido
- Nos quedamos aquí- dijo con su voz aflautada.
No, él estaba tan enfadado ahora, pensó Dori con desesperación, tan enfadado que estaba casi a punto de lanzar el pisapapeles que había sobre la mesa del lacaniano por los aires. Desde donde estaba podía ver como el objeto temblaba, a punto de caer al suelo.
- No, espere, por favor. Tengo todavía muchas cosas que decir- suplicó Dori, incorporándose.
- Dori, esto no funciona así.
La ondulación de las cortinas se detuvo, el pisapapeles dejó de temblar, la atmosfera de la habitación recuperó su olor a pipa, su sobriedad, su inutilidad de sanatorio.
Dori bajó la cabeza y se miró las manos, recostándose de nuevo.
- De acuerdo- suspiró resignadamente.
El lacaniano cruzó el cuarto y tiró de la cuerda que descorría las cortinas.
- Sonríe, Dori.
Dori entrecerró los ojos, el sol arrancaba destellos de las gotas de lluvia pegadas al cristal.
Pero no sonrió. No pudo.

sábado, enero 10, 2009

Egipto, en este instante


Julie Sanders cruzó el puente y se detuvo en el medio. Debajo discurría el río, aquel que llamaban Douro. El puente era uno de los símbolos arquitectónicos de la ciudad, estaba fabricado con un enjambre de hierros, un estilo que seguía la escuela inaugurada por Eiffel, un puente único en su estilo y único en esa parte de Europa. Eso era lo que decían los folletos turísticos.

Antes de llegar hasta allí Julie había caminado sola por la ciudad, pensativa, arrastrando los pasos. Era una ciudad fea cerca del mar. Bueno, realmente no era tan fea, pensó con el transcurrir de las horas. Podría decirse que era triste, pero no fea.

Julie sabía desde el principio que lo que quería era llegar hasta ese puente. Por el camino se ha dedicado a fotografiar la ciudad y sus edificios coronados por estatuas clásicas en las azoteas. Se ha extraviado varias veces, lo que la ha llevado a descubrir al final de una cuesta una pequeña torre de campanario morisco, con almenas y campanas, que no aparecía en el mapa. También ha estado más de media hora delante del escaparate de una agencia de viajes leyendo las ofertas para fin de año. Al despegarse del cristal ha visto a un hombre con sombrero y un minúsculo bigote junto a ella. Se preguntó cuánto tiempo habrían estado los dos así, leyendo uno junto al otro sin verse.

De las ofertas recordaba lo siguiente:

Cuatro días a camello por el Sahara

Viaje a Micenas, atraviese la puerta de los leones y ya nunca abandonará Grecia.

Un crucero inolvidable: Córcega, Cerdeña, Sicilia, Malta.

Tres días pensión completa. Balneario de la Toja. Dése un capricho.

Julie está ahora en el puente y se da cuenta de que no puede dejar de pensar en su perro, que ha dejado en Alemania, al cuidado de su hermana. Su perro es negro y tiene una mancha blanca en el pecho. Es grande pero pequeño por dentro. Nunca pensó que le echaría tanto de menos ni que estaría tan preocupada por él.

La gente pasa al lado de Julie, van deprisa o despacio, algunos se detienen a su altura para echar un vistazo a las aguas del río. Suponen que Julie está mirando algo interesante apoyada en la barandilla. La gente es más curiosa allí que en Alemania, piensa Julie. En Alemania todos pasarían de largo, a nadie se le ocurriría mirar hacia donde ella mira.

Dos hombres negros vienen ahora por su derecha. Julie los ha visto antes junto a la pequeña torre del campanario. Está segura de que son los mismos hombres por las bolsas de plástico llenas que llevan, unas viejas bolsas de plástico con los colores de un supermercado barato de la ciudad. Son jóvenes con ojos cansados. Julie se pregunta dónde dormirán esa noche. Pasan a su lado y parecen reconocerla pero sus rostros están tan fatigados que se desdibujan.

Es extraño, piensa Julie, ella preocupada por su perro, tiene miedo de que su hermana se olvide de él, que no le saque a pasear cuando llegue a casa después del trabajo. Se imagina todo lo que puede pasar por su cabecita de perro. ¿Donde estará Julie?, se preguntará, ¿Por qué estoy en esta casa? ¿Por qué me ha abandonado?

Eso le provoca angustia y el hecho de que esos pobres hombres no tengan dónde pasar la noche no le angustia en absoluto. Eso es lo que considera extraño

Julie decide dejar el puente y regresar. La noche está llegando y a Julie le duelen las piernas de caminar. Caminó todo el día sintiéndose sola a ratos, concentrada en la ciudad desconocida.

Por fin se separa de la barandilla y camina de regreso hasta una carretera. Allí ve una parada de autobús. No pasa un coche y no hay gente en la parada pero cree que esa es la parada del autobús que la lleva a su casa y Julie decide esperarlo porque está demasiado cansada como para hacer andando el camino de regreso.

Se sienta en el banco, bajo la marquesina. Las luces de la otra orilla del río quedan a su espalda. Alguien se acerca, es un chico cargado con una mochila y el pelo moreno y ensortijado. Se sienta junto a ella y extrae un paquete de cigarrillos de su mochila.

Son esos cigarrillos cortos que fuman allí, huelen muy fuerte y tienen un sabor desagradable, como a tinta quemada. Pero lo que le gusta a Julie de ellos es su tamaño. Un cigarrillo tan pequeño no puede ser tan dañino como uno grande.

Sin darse cuenta de lo que hace le pide un cigarrillo al chico. Este sonríe y vuelve a abrir la cremallera de la mochila.

Julie enciende el cigarro con su propio mechero y se siente bien fumando al lado de el chico desconocido en la calle solitaria, al anochecer de un día de soledad y cansancio.

Se siente tan bien que desea que no venga el autobús nunca. Huele a pescado asado y se oye la sirena de un barco a lo lejos, saliendo del puerto.

Llegan más personas a la parada del autobús. Una mujer muy delgada que fuma con ansiedad, las manos huesudas cargadas de anillos y pantalones ajustados. Detrás de ella un chico que parece su hijo pero que tiene que ser su novio porque la besa en la nuca y acto y seguido se pone a fumar muy nervioso junto a la marquesina. Ella parece enfadada porque no responde cuando él le hace preguntas. El fuma y no se inmuta cuando ella no responde. Cuando aparece el autobús sin embargo la sujeta de la muñeca y tira de ella en dirección opuesta. Cruzan delante de los faros encendidos del autobús y se alejan. Julie se pregunta para qué habrán estado esperando el autobús si ahora se marchan.

El chico de la mochila vuelve a sonreír. Sabe que es extranjera y con su sonrisa amable parece decirle que ése es el autobús que ha de coger, que no vendrá ningún otro más.

Julie se sienta al final del todo y deja que los pensamientos entren y salgan de su cabeza, piensa en su perro, en los hombres negros del puente y su cansancio, cierra los ojos y se da cuenta de que se duerme y se asusta un poco. Tiene que estar atenta para no pasar de largo su parada.

Cuando llega a casa se encuentra con su compañera de piso fumando un porro en la cocina. Es una chica belga con el pelo corto que parece estar siempre enfadada con el mundo.

Julie le habla de su día recorriendo la ciudad. Le cuenta cómo es el puente y la torre escondida. Le explica que ponen esculturas en las azoteas y que la gente es muy curiosa, no como en Alemania.

La chica belga le pasa el porro y Julie fuma.

Cierra los ojos y siente deseos de hablar de su perro, de lo que pueden sentir los perros cuando saben que han sido abandonados.

¿Sufrirán mucho? ¿Sufrirán como nosotros?

¿Sabes? La chica belga habla ahora con los ojos entrecerrados, He estado pensando. Tú y yo habitamos en este mismo instante la juventud y la vejez de miles de personas en el mundo. Tú y yo somos jóvenes ahora, con veinte años y, al mismo tiempo, en otra ciudad de Europa o, por ejemplo, en Egipto, seguro que hay tambien ahora mismo una mujer que soñó con la libertad que tú y yo tenemos, que soñó con ella tal y como es nuestra libertad pero con el paso del tiempo la olvidó y ahora que tiene sesenta años se dedica a ver la tele y a cuidar de su marido enfermo. En Egipto. A veces se acuerda de lo que deseó con veinte años y, aunque no sabe nada de nosotras, nosotras somos ella, como si hubiera sido ayer.

¿Te das cuenta?

Julie asintió sin decir nada.

¿No te parece increíble?

Julie le dio otra calada al porro. Si, era increíble. Si lo pensaba bien era bastante increíble.

Se quedaron las dos en silencio durante unos instantes. Sólo se oía el zumbido del frigorífico en la cocina y pasos procedentes del piso de arriba. Afuera la ciudad estaba llena de luces y de vidas de personas que sentían con intensidad, había hombres que buscaban donde pasar la noche, parejas desgraciadas que no sabían donde dirigir sus pasos y, sobre todo, pensó Julie, estaba el río Douro, con sus aguas negras que discurrían suavemente, allí en la oscuridad, sin que las mirara nadie.

viernes, diciembre 05, 2008

Faustito


‘Iba yo cuesta arriba, con una bolsa en cada mano y este detrás, iba yo, ay, espera que bebo hija’
Fausti se abanicaba el pecho con la mano y tomó el vaso de agua que le tendía mi hermana. Era una tarde calurosa de Julio. Habíamos abierto la puerta del jardín al oír sus gritos. Fausti era la vecina, su hijo Faustito seguía subido a la bicicleta y nos miraba desde la puerta, sin atreverse a entrar.
‘Y a ver a quién te vas a encontrar a estas horas en la calle, con la chicharrera que esta cayendo. Por eso cuando le vi. Allí, mirándome con esos ojos, me dio muy mala espina’ bebió agua con los ojos cerrados, los abrió y vio a Faustito en la puerta, agarrado al manillar de la bici, sin moverse. ‘Ven aquí hijo, ven’
Pero Faustito no se movió.
Mi madre salía en ese mismo instante por la puerta de casa, levantando la cortina de cuentas apresuradamente, lo que provocó que los flecos se le enredaran en el pelo.
‘Ya he llamado a la Guardia Civil Fausti. A la policía y a mi marido para que llame a tu marido’
Ahora éramos tres mujeres alrededor de Fausti. Mi madre, mi hermana y yo. Esperábamos que terminara de contar la historia. Sabíamos que había sorprendido a un ladrón saliendo de su casa, sabíamos que volvía del supermercado al que había ido apresuradamente a por unos tomates para gazpacho y a la vuelta se había encontrado con el ladrón cara a cara. Sabíamos que había habido un cruce de miradas entre Fausti y el ladrón Y aunque lo sabíamos todo no sabíamos nada porque faltaban los detalles.
‘¿Cómo era? ¿Te sonaba de algo?’, preguntó mi madre con ansiedad.
‘Yo creo que llevaba bigote’ Fausti miró con inquietud a Faustito, ¿verdad hijo que llevaba bigote? ‘Ay, hijo, ven aquí, ven’.
‘¿Era moreno?’, era ahora el turno de mi hermana.
‘Sí, moreno’ Fausti asintió sin parecer muy convencida ‘Moreno’
‘¿Negro?’
‘No. Fíjate. Negro no era’
‘Los negros no llevan bigote’ sentencié yo.
‘¿Y qué es lo que se ha llevado Fausti?’ mi madre parecía estar realmente preocupada. Nunca habíamos oído que ladrones acudieran a plena luz del día a robar en las casas. Y menos allí en el pueblo. Cuando estábamos en Madrid sí que oíamos por televisión que los ladrones robaban en los pisos vacíos en verano. Pero no había ladrones en el pueblo. En nuestro pueblo no.
Faustito se puso las manos alrededor de la boca, a modo de altavoz.
‘Viene papá, viene papá’ aulló para imitar acto y seguido el sonido de una ambulancia, ‘Ni-no, ni-no, ni-noooo’
El marido de Fausti apareció muy serio en la puerta del patio. Llevaba puesto el traje de faena, el mono azul de obrero. Tenía la piel del cuello roja y surcada de arrugas. No se acercó a Fausti, la miró desde la puerta como si no la conociera, con las manos apoyadas en las caderas.
‘¿Qué ha pasao?’
Fausti se encogió de hombros y respondió con repentina calma.
‘Pues que volvía yo de comprar unos tomates y me he encontrado con un hombre que salía de casa. Casi nos atropella con el coche a tu hijo y a mí. La puerta de casa estaba abierta y el ladrón llevaba una bolsa con digo yo que sería el botín. Ahora bien, y te lo digo ya de antemano Antonio, yo no sé lo que se ha llevado. Me he venido a casa de Mari Luz directa. No tengo ni idea de lo que se habrá llevado ni de lo que se habrá dejado de llevar’
Fausti hablaba siempre así con su marido, como si no tuviera nada que ver con él.
El marido de Fausti meneó la cabeza, miró fijamente al suelo durante unos segundos y se dio la vuelta en dirección a la casa pasando junto a la bicicleta de Faustito, sin mirarle siquiera.
Yo busqué los ojos de mi hermana pero ella no me vio. Faustito comenzó a hacer caballitos con la bicicleta en el aire, dejando caer la rueda delantera violentamente sobre el bordillo.
‘Faustito, hijo ’ Fausti se enjugó el sudor de la cara, suspirando. Terminó su vaso de agua y volvió a buscar con los ojos a Faustito, quien se había alejado con la bicicleta calle abajo.
‘Mira Fausti, entramos en casa que se está más fresco y esperamos allí’
‘No Mari gracias, me quedo aquí, si ya estoy más tranquila’
Fue en ese mismo instante cuando oímos el bramido, el trueno, el grito de el marido de Fausti
‘Mecagoendios’ exclamó cruzando la calle desde su jardín hacia el nuestro, sin detenerse, sus ojos se fueron directos hacia Fausti, quien se abanicaba mirándole sin inmutarse desde el patio.
‘Mecagoendios’ repitió entre dientes y se lanzó sobre Fausti para sujetarla por el cuello, y la levantó de la silla.
‘¿Has sido tú, verdad? ¡Confiesa! ¡Has sido tú!’
Fausti daba manotazos en el aire y mi hermana se llevó las manos a la boca
‘¡ Mamá!’ ‘¡ Corre, ven!’, llamó.
Mi madre salió corriendo al patio, luchando de nuevo contra los tentáculos de la cortina de cuentas. Se detuvo en seco cuando vio a Antonio y, con un tono de voz que yo no le había oído nunca, dijo.
‘Por Dios Antonio, déjala’
‘No. El dinero. El dinero que sólo yo sabía donde estaba’ Antonio hablaba con calma, como si no tuviera a su mujer agarrada del cuello en el patio de su vecina. ‘ No puse candado porque yo, sólo yo sabía donde estaba, y ladrón ninguno hubiera ido a por él. Que yo no soy tonto Fausti, ¿te enteras?, y acercó su cara a la de Fausti para gritar más alto, ¿¿Te enteras??’
Fausti estaba empezando a ponerse morada y mi madre había optado por entrar a casa corriendo de nuevo para supongo llamar otra vez a la Guardia Civil. Mi hermana se había ido a un rincón del patio, junto al rosal, y estaba llorando sin lágrimas, con los ojos enrojecidos. Yo había empezado a pensar que si me acercaba Antonio y le daba una patada muy fuerte en la espinilla le obligaría a causa del dolor a soltar a Fausti y podría salvarla porque la Fausti se moría, eso seguro, cada vez estaba más morada, y cuando ya estaba pensando que no me quedaba más remedio que hacerlo oí un aullido salvaje, un alarido y vi a Faustito arrojando su bici junto a la puerta, corriendo para abalanzarse sobre su padre, balbuceando, rojo de ira.
‘ De-ha-la’ ‘De-ha-la’
Faustito tenía doce años pero sabía cómo morder orejas y narices y Antonio no tuvo más remedio que soltar a Fausti para propinar acto y seguido un bofetón a su hijo que le lanzó contra la puerta.
‘ Mecagoendios’ sollozó Antonio ‘Todo el dinero’ ‘Todo’
Las luces del coche de la Guardia Civil centellearon junto a la puerta. En pocos minutos una tranquila tarde de verano de Julio, en la que mi hermana y yo bebíamos limonada debajo de la parra leyendo libros de Enid Blyton, se había convertido en una tarde de tragedia inimaginable.
Fausti se sujetaba la garganta y luchaba por volver a tragar aire. Mi madre se había agachado junto a ella para explicarle cómo tenía que comenzar a respirar de nuevo. La Guardia Civil entró en el jardín justo en el momento en el que Antonio había decidido emprenderla con Faustito.
Le sujetaron rápidamente inmovilizándole retorciéndole las manos contra la espalda. Fausti consiguió respirar por fin y se echó a llorar a gritos, hipando y llamando entrecortadamente a Faustito, mi madre lloraba, mi hermana lloraba. Sólo Faustito y yo no llorábamos, los dos de pie junto a la puerta mirando cómo uno de los Guardias Civiles le ponía la mano en el cogote enrojecido a Antonio y le obligaba a entrar en el coche patrulla.
‘Todo el dinero. La muy puta’, dijo antes de entrar en el coche.
Y no me quedó más remedio que pensar que “la muy puta” no podía ser otra que Fausti, con su cruz de oro colgada al cuello, su camisola de verano, sus brazos rechonchos y su labio superior sudoroso.
Todo fue muy confuso después. Vino papá quien consoló a mama y a Fausti y a mi hermana. La Guardia Civil se llevó a Antonio y lo trajeron a las dos horas para que recogiera sus cosas y se fuera de casa. Fausti vino antes de la cena a dar muchos besos a mi hermana y a mi madre y a mi, con la maleta, diciendo que se volvía a Madrid, a casa de su hermana, que dejaría a Faustito con nosotras porque pobrecillo, él no tenía culpa ninguna de lo diablo que podía llegar a ser su padre y que en el barrio se aburriría él solo, pobrecito repitió varias veces, pero que a pesar de todo eso se lo llevaba con ella.
Faustito protestó débilmente.
‘Se puede quedar con nosotros’, murmuré yo.
Pero nadie me oyó o quiso oírme y Faustito se fue con Fausti, en el último coche de línea, a Madrid, a pasar allí el resto del verano.
Al año siguiente Fausti vino a poner un anuncio de “Se vende” en la casa. Una casa fresca, con una higuera enorme y un jardín trasero donde solíamos pasarlo bien jugando a ser "Los Cinco" mi hermana, Faustito y yo. La compró una pareja que tenía una pareja de gemelos, mi hermana y yo odiamos a los gemelos.
Nunca volví a ver a Faustito. Mi madre volvió a hablar por teléfono con Fausti alguna vez.
Nunca pensé en lo del ladrón. Nunca. En por qué decía Antonio lo del dinero. En Faustito.
Hasta hoy.

sábado, noviembre 08, 2008

¿Qué fue de Emma Jane?


Emma Jane llegó a la escuela una tarde ventosa de otoño. Llevaba el pelo largo recogido en un alto moño así como un bolso de lona con todas las lentes y cámaras que necesitaba para hacer sus fotografías. Llegaba allí dispuesta a convertirse en la artista que se había propuesto ser. Anteriormente había sido artista plástica en Nueva York y en Berlín. Su más exitosa exposición fue la titulada “El abismo son las sombras de tus ojos” en ella sus grandes lienzos mostraban manchas de tinta azul y calamares, pulpos y peces de ojos y dientes monstruosos.


Pero ahora iniciaba el proyecto de convertirse en fotógrafa del alma. ‘Has venido a Ballyvaughan en el mejor momento’ Emma Jane mascaba chicle rellenando su ficha de ingreso. ‘¿Ah, si? ¿Por qué?’ 'Porque es ahora cuando se percibe el cambio de estación como si se atravesara un espacio físico. El Otoño está dejando de ser Otoño para convertirse en Invierno y sólo aquí puedes atravesar al otro lado’ Era la directora de la escuela quien hablaba haciendo tintinear las pulseras que abarrotaban sus muñecas. Después condujo a una poco impresionada Emma Jane por unas escaleras de caracol en dirección a su habitación de artista mimada y acaudalada en lo alto del torreón.

Cuando se quedó sola miró por el ventanuco de su cuarto largamente, al fondo se extendía la solitaria belleza de las rocas del glaciar. Un desierto gris rocoso donde los últimos rayos de sol se arrastraban desesperadamente dejando un rastro rosado tras ellos. Emma Jane desenfundó su cámara y la apoyó contra el pecho, tras unos instantes de vacilación la levantó para mirar a través de ella. Pasaron las horas y finalmente se fue a la cama sin disparar ni una sola foto.


El primer día de escuela Emma Jane encontró a Leo, quien era exactamente, pensó, aquello que llevaba tanto tiempo buscando. Su belleza hiriente, su pelo oscuro y barba de dos días, su indiferencia. Le fascinó todo de él y durante los primeros días se dedicó únicamente a observarle. Le veía ir y venir a las clases de teoría de la pureza. Le veía solo en la galería del patio, leyendo mientras se acariciaba la barba. Era uno de los genuinos. Emma Jane estaba convencida de ello. Era uno de los genuinos con la mirada más perturbadora que ella hubiera visto. Si la posaba unos segundos sobre sus ojos Emma Jane se sentía diminuta y miserable.

No tardó mucho en abordarle. Se sentó junto a él a la hora de la comida. Si tenía que impresionarle lo mejor era ser una misma, se dijo, ¿Y quién era ella sino una artista?

‘ Todavía no te has presentado’

‘ Leo. Leonardo’

Emma Jane fingió no haber percibido su frialdad.

‘Cuánto tiempo llevas en la escuela’

‘Tres años’

‘Tres años’

Tres años en una escuela de arte en medio de la nada, rodeado de piedras y de silencio, era algo que ella jamás podría soportar por muy artista que fuera. Aun así se apresuró en hablar de su proyecto sin que él le hubiera preguntado nada ‘Yo voy a rastrear las sombras de los hombres del pasado y dejar que las descubran los ojos en las fotografías. Estoy convencida de que podré fotografiar las pisadas en la hierba de los niños que ya no existen. Todo lo invisible esta esperando a ser descubierto. Por eso he venido’

Cuando terminó de hablar bajó los ojos. Se dio perfecta cuenta de que él, sencillamente, la despreciaba.


Se sucedieron los días y Emma Jane fingía que ya no le prestaba atención. Hablaba en clase aportando sus puntos de vista como si él no estuviera allí. Salía con los otros los viernes por la noche al único Pub de Ballyvaughan. El nunca osaba a salir de su habitación. Le contaron que era hijo de un banquero, que bebía solo en su cuarto y que no tenía ni una pizca de talento.

‘Nadie ha visto nunca su trabajo’, susurró una de las chicas del curso de fotografía.‘Aunque eso sí’, añadió mientras miraba a Emma Jane ‘guapo como un diablo es’

Una tarde Emma Jane se puso en pie en clase de poesía. Hablaban de Yeats y ella lo denostó con pasión. ‘Cuando dejó de ser joven comenzó a escribir mierda’. Leonardo soltó un bufido detrás de ella. Una clara risa de desprecio.


A Emma Jane no le quedaba más remedio que intentar fotografiar el alma de las piedras. Si tenia que hacerlo para que él la prestara atención lo haría. Fue así como, cada tarde, comenzó a salir de la escuela con ese único objetivo. Subía la carretera que llevaba al glaciar con la cabellera al viento. Fotografiaba las rocas rosadas y las flores silvestres que nacían entre las grietas de las rocas. Cuando regresaba a la escuela revelaba las fotos en su habitación para acabar destruyéndolas más tarde, enterrando el rostro entre las manos, llorando con desesperación.


Todo sucedió el primero de Enero cuando Emma Jane regresaba a Ballyvaughan. Avanzaba con dificultad a causa del viento. Mientras caminaba veía imágenes de su vida en Nueva York o en Berlín. Recordaba retazos de conversaciones, recortes de periódicos donde hablaban de su obra. ‘Joven talento’ ‘ Algo diferente’ ‘Juegos de sombras asombrosos’ cosas así habían dicho de ella. Pero ahora ¿qué? se preguntaba, ¿ahora qué?

Emma Jane se detuvo en medio del páramo con ese pensamiento en la cabeza. El viento le arrancaba lágrimas de los ojos. Desde donde estaba podía ver al fondo la bahía de Galway, el mar y sus diminutas crestas de espuma, podía ver las nubes cada vez más cerca de la tierra.

Un par de cuervos planeaban sobre las rocas con las alas extendidas dejándose llevar por el viento y lanzando gritos de placer o de éxtasis.

Emma Jane levantó la cámara y la dirigió a los pájaros.

Tomó un par de fotos antes de que los cuervos desaparecieran.


Reanudó su camino de regreso luchando por sentirse satisfecha. Pero Emma Jane no estaba contenta, todo lo contrario, por primera vez en su vida se sentía vieja.

La noche llegó mucho antes de que comenzara a iniciar el camino de descenso. El torreón de la escuela tenía encendido un diminuto farol y hacia allí se dirigían sus ojos intermitentemente, sin dejar de pensar en el fracaso en el que se había convertido.

Dos hombre aparecieron de repente en mitad de la carretera. Iban juntos pero sin rozarse. Caminaban lentamente, arrastrando los pies, tarareando. Uno de ellos llevaba la cabeza ladeada, cayendo sobre el hombro derecho. El otro arrastraba una pierna tras de sí.

Emma Jane fijó en ellos sus ojos, en las sombras que se acercaban, y decidió que aquellos dos irlandeses eran su próximo objetivo.

El aire era tan denso ahora que le costaba respirar.

Pero Emma Jane estaba contenta de tener en frente la posibilidad de volver a ser Emma Jane. Con una sonrisa levantó la cámara y, sin preguntar, disparó.

Los dos hombres gritaron cubriéndose los rostros con las manos, levantando los brazos, horrorizados. Aquel al que le colgaba la cabeza cayó de rodillas mientras su cabeza se desprendía del todo, rodando carretera abajo. El segundo quedó tendido en el suelo hasta que desapareció arrugándose lentamente, entre estertores.

Emma Jane echó a correr aunque las piernas no le respondían pero luchó tanto por escapar que finalmente consiguió ver la sombra de la curva en la carretera y hacia allí se arrastró, sintiendo la espalda desnuda y en carne viva, como si cientos de manos invisibles la estuvieran despellejando

Llegó a la escuela una hora más tarde, en un estado de histeria tal que su rostro se había transformado en algo irreconocible.

Llamaron a la policía y, tras interrogarla, recorrieron las carreteras del páramo en busca de los dos hombres pero nunca encontraron nada ni a nadie.

Por algún motivo desconocido la cámara de Emma Jane quedó al cuidado de Leonardo.

Cuando, un par de años después, oyó de su suicidio decidió que no había mal ninguno en revelar las fotografías. De entre todas ellas sólo encontró una que mereciera la pena : Dos cuervos juntos volando con las alas extendidas sobre las rocas. Era la hora del crepúsculo y la niebla se deshacía entre las plumas de sus alas. Pareciera que flotasen en medio de la nada, en un mundo irreconocible para los ojos de los hombres.

Leonardo pensó que no hubiera dudado en perder su cordura a cambio de hacer una fotografía como aquella.




"Here is no tree to hang a man, no water to drown him and no soil to bury him". Cromwell.


domingo, octubre 12, 2008

Charcos




Cuando era pequeña colocaba las ollas de juguete sobre los radiadores con un par de lentejas que había robado de la cocina. El agua de las ollas hervía y ella se sentía orgullosa: Estaba haciendo la comida.


Una vez, cuando ya era posible acudir al espacio de tierra batida donde jugaban los mayores. Allí. Detrás de la valla, un grupo de gitanillos saltaban sobre un colchón viejo. Eran rubios. Tenían el pelo largo. Ella y Lucía les miraban saltar no lejos del recinto cerrado del colegio. Jugaban a saltar sobre el colchón . Ella y Lucía iban al colegio. Ellos no. Simplemente disfrutaban de la vida.


Una día la abuelita llegó con un regalo. Un muñeco sin pelo. Un bebé de traje de punto rosa. La casa olía a caldo de verduras. Alba jugó toda la tarde con el muñeco. Su padre la pegó una paliza antes de irse a la cama. No recordaba por qué.


Los días se hacían interminables en la universidad. Quiso ser detective privado, caminó hasta llegar a un barrio triste, las Barranquillas se llamaba, había yonkis por todas partes, ella llevaba el pelo suelto y negro sobre la espalda. Mátame, le dijo a uno que apenas se mantenía en pie. Al amanecer volvió a su casa.


Ahora se arregla frente al espejo. Tiene los ojos negros, la frente amplia, un cuerpo breve apretado en un vestido oscuro. Sabe en qué acabará la noche, recuerda a su abuela inclinándose sobre ella, ¿te ha pegado? Y su dolor era tan grande que ella dijo no, abuela. No me ha tocado ni un pelo de la cabeza.



( Esta brevedad esta dedicada a Camilo Jose Cela, y no me pregunteis por que)