miércoles, noviembre 18, 2009

Una chica irlandesa


(Condado de Clare, Munster, un día cualquiera de 2009)


Margaret odiaba que la llamaran Maggie. Maggie era un nombre asqueroso. Mags sonaba mejor, sonaba a algo un poco salvaje. Mags, por qué no.
Mags había conseguido que todo el mundo la llamara Mags, y ése era su mayor logro. Mags, hola Mags, cómo te va, Mags.
Por lo demás, había pedido un crédito para pagarse un viaje a Australia como hizo su amiga Emily al terminar la secundaria, pero todo el dinero prestado se lo había gastado en apenas dos semanas, antes incluso de poder mirar los billetes de avión.
Ahora todas las borracheras quedaban atrás y el viaje a Australia, su sueño, su único sueño, seguía allí, inalcanzable, como siempre había sido, irreal.
Mags se subió la cremallera de la sudadera, y contempló su cuerpo esquelético en el espejo, se frotó los nudillos rojos, se miro los ojos azules y movió la boca, sin decir nada, sin saber qué decirse.
Salió a la calle con el pelo sobre la cara, los hombros encogidos, tambaleándose a causa del viento. Era viernes por la tarde. Había faltado la semana entera a la guardería, pero le daba igual, no echaba de menos las babas ni el olor de los vómitos de los bebés. Odiaba su trabajo.

Caminaba a toda prisa por el pueblo, los coches bajaban y subían la calle principal. Era la hora de regresar a casa, de preparar la cena y sentarse frente a la tele. Mags pensaba una y otra vez en cómo salir de esa. No había posibilidad de pedir prestado a nadie, mamá estaba en la ruina, Emily jamás volvería a dejarle nada y todos los que se habían bebido el dinero de Australia con ella estaban desaparecidos, o trabajando en los puestos de “fish and chips” de la ciudad.
No había esperanza.
Las calles la engullían, cruzó “station road” con sus jardineras llenas de flores, ahora zarandeadas por las ráfagas de viento y lluvia, y se detuvo para mirar los horarios de trenes pero hacía demasiado frío como para permanecer inmóvil, sin saber en realidad qué era lo que buscaba. Llegó a su plaza favorita, había un café que siempre le recordaba a París. Nunca había entrado en ese café ni estado en París, pero siempre que pensaba en París se imaginaba sentada en la terraza de un café como aquel. Siguió adelante con la cabeza inclinada, luchando contra el viento, cada vez más enconado.
Llegó hasta South Mall, el barrio elegante, donde estaban las casas victorianas y los despachos de abogados con sus nombres escritos en carteles dorados sobre las puertas: “Lynch & son” “O’Riordan & Mahoney” “John Malley Solicitor”.
Los grandes ventanales dejaban ver a algunos de aquellos hombres ocupados sentados a sus mesas, los ojos fijos en papeles, la estancia amueblada y llena de libros, una taza de té depositada inevitablemente por la secretaria joven, bonita, de rizos oscuros y ojos educados, aunque luego, en el pub los sabados por la noche, Mags las viera borrachas, casi siempre colgadas del cuello de hombres mayores.
Lo que más le gustaba de aquella zona eran las casas y la calle que era limpia, la iglesia de Nuestra Señora, pequeña y oscura, al final de la avenida, algunos árboles y el olor de las hojas secas pudriéndose sobre el suelo mojado. Además, la avenida siempre estaba desierta, a esa hora casi todos los abogados se habían marchado, y los fines de semana no había nadie. El rumor del río se oía no muy lejos, las oscuras y rápidas aguas del Fergus, tan profundas y frías que nunca nadie había salido con vida a la superficie.
Mags detuvo su deambular para extraer un cigarrillo del bolsillo trasero de su pantalón. Pensaba en miles de cosas a la vez, pensaba que era una idiota, pensaba que estaba sola, pensaba en cómo se las apañaría para devolver el crédito. Era un montón de dinero.
Y qué les diría a los demás cuando descubrieran que llegaba Enero y no se marchaba.
"¿No te ibas a Australia, Mags?", preguntarían con ese tono que conocía bien.
Todo el pueblo se reiría de ella.
El viento no la dejaba encenderse el pitillo, se agachó entre dos coches y accionó el mecanismo del mechero con sus helados dedos.
Por fin consiguió que el cigarrillo prendiera y se quedó en cuclillas, mirando al frente sin ver nada.
Pensaba tantas cosas.
Pensaba en la vez que preguntó a su padre si había lobos en Irlanda.
El respondió que hubo, pero que los ingleses acabaron con todos, matándolos a golpes.
Lo dijo con odio.
En su casa todos odiaban a los ingleses, siempre odiaban a los ingleses, hasta sus primos pequeños, que no tenían ni cinco años, ellos también odiaban a los ingleses.
Pensaba en su hermano en Londres y en qué sería de él. Hacía más de dos años que no le veía. Hablaba de vez en cuando con él por teléfono, no le iba nada bien por mucho que él dijera lo contrario, lo sabía.
Se calentó las manos apretándolas contra el pecho.
Tirarse al río Fergus era una buena idea. Tenía miedo al agua pero el agua fría te congelaba, y morir helada era la muerte dulce por excelencia, siempre había oído decir eso.
Miró el coche que estaba a su derecha. Era un coche verde oscuro, brillante, bonito. Se puso en pie y, sin pensarlo, accionó la manilla de la puerta. Para su sorpresa se abrió. No sonó alarma alguna.
Mags arrojó el cigarrillo y miró a ambos lados cautelosamente. La casa frente a la que se encontraba tenía un cartel con una sola palabra: “Reilly”. Sin duda un abogado demasiado ocupado como para recordar cerrar el coche con llave.

El bulto que brillaba en el asiento del copiloto era una cartera de cuero marrón, una de esas carteras de hombre, abultada como una Biblia. Mags puso sobre ella sus manos enrojecidas y frías y tiró de ella mientras husmeaba en el interior. Se guardó apresuradamente en los bolsillos de la sudadera una cajetilla de Marlboro, dos paquetes de caramelos de menta y un bolígrafo que encontró en la guantera. Después volvió su atención a la cartera. La levantó y se dio cuenta de que pesaba más de lo esperado, pero era buen cuero, quizás podría venderla, ¿cuánto le darían por ella? En cuanto a su interior, podrían ser libras esterlinas, o dólares, o documentos tan importantes para la seguridad del país que puede que ofrecieran una recompensa por recuperarlos.
Levantó la cartera y la apoyó contra el pecho. Tensó los músculos y pensó que ahora tenía que salir corriendo, ir hacia el río, meterse entre la maleza.
Vio sus ojos sombreados de azul en el espejo retrovisor del coche, y luego le vio a él, al transeúnte que venía por la acera tranquilamente, acercándose al automóvil. Se quedó inmóvil, respirando agitadamente. El transeúnte se detuvo cuando llegó a su altura y Mags se giró hacia él, abrazada a la cartera. Los dos se miraron de hito en hito. El era joven, apenas barba, quizás de su edad, una bufanda a rayas amarillas y negras anudada al cuello.
Mags pensó que sería capaz de matarle si trataba de impedirle que huyera.
-¿Qué coño miras? – siseó.
Pero el joven no bajó la mirada, la escudriñaba con ojos oscuros y serenos. Miró la cartera que obligaba a Mags a doblar la espalda para sujetarla y tendió los brazos hacia ella.
-Espera, te ayudo.
Mags saltó hacia atrás, lanzando un alarido. No sabía por qué había gritado de esa manera. Se imaginó cómo la vería aquel chico: Como una histérica, una pobre loca, el rímel corrido a causa de la lluvia que le golpeaba el rostro.
-Lárgate, nadie te ha pedido ayuda.
-Tranquila tía.
Hubiera querido gritarle, ¿Es que no te das cuenta de que estoy robando al gilipollas de “Reilly”?
-Que me dejes en paz, que te largues, que te vayas.
-Joder, cómo te pones- el joven levantó las manos, enseñando las palmas, sin dejar de mirarla. De repente enarcó la cejas y la señaló con el dedo.- Oye, tú no eres… ¿Mags?
La cartera pesaba demasiado como para que pudiera sostenerla más tiempo y la dejó resbalar hasta apoyarla sobre sus rodillas. Mags miró al chico, derrotada. Era tierno, tenía ojos de vaca, pensó que tenía ojos de vaca, como las que veía junto a la verja del colegio cuando era pequeña, las que se dejaban acariciar entre los ojos.
La luz del porche de “Reilly” se había encendido. La puerta se abrió de repente y un hombre de mediana edad bajó los escalones poniéndose despreocupadamente una gabardina. Cuando llegó a la acera contempló a Mags y al chico, uno frente al otro, junto a su coche con la portezuela abierta. A la chica la identificó enseguida como a una ratera, no necesitaba mirarle a la cara para saberlo.
-¿Qué pasa aquí? ¿Se puede saber qué pasa?
Mags pudo oler el aliento apestoso del abogado, incluso desde esa distancia pudo olerlo, era experta en oler esas cosas. Sintió una náusea. El abogado la despreciaba sin haberla apenas mirado, la llevaría a juicio y la echarían del trabajo. Y por lo menos todavía tenía un trabajo, entre meadas y babas, pero era un trabajo.
Dejó caer la cartera al suelo. No deseaba mucho más, no quería morirse, eso era cierto. Suponía que no iba a salir de esa, se lo merecía, tendría que pagar una multa y no tenía dinero ¡Estaba tan cansada de estar viva!
Entonces, el chico levantó sin esfuerzo la cartera y se la entregó a Mr. Reilly, después señaló al coche y comenzó a explicarle algo que Mags no consiguió entender en absoluto. El abogado asintió aplastando su enorme papada contra el pecho. Luego la miró a ella, la misma chispa de odio, pero apaciguado. El chico de la bufanda la agarró del brazo y tiró de ella, y ella se dejó llevar sin oponer resistencia.
Caminaron juntos hasta el final de South Mall sin decir palabra. Cuando llegaron a la esquina él le soltó el codo.
-Hasta otra, Mags. Cuídate.
Y siguió su camino.
Mags se metió las manos en los bolsillos. Pensó que quizás podría encontrarle el próximo fin de semana en el pub y darle las gracias, explicarle lo que había pasado. Se alegró al pensar en eso, hasta se imaginó hablando con él, ella muy contenta, el pelo alisado y bien maquillada, explicándole junto a la barra por qué estaba intentando robar una cartera llena de documentos aquella tarde en South Mall. Él seguramente se reiría con ella, y la invitaría a una copa, y ella sentiría que su vida tenía sentido de nuevo, que su vida era divertida, y única, y emocionante. Quizás el lunes se deprimiría de nuevo en la guardería pero al menos tendría dinero a final de mes y, por ahora, era libre, no tenía que ir a la cárcel, y siempre podría empezar de nuevo. Era libre.
El fuerte viento le arrancaba lágrimas de los ojos.
Todo se arreglaría.
Volvió corriendo a casa. Estaba exhausta, realmente exhausta.

viernes, octubre 30, 2009

Elena de Arena




Arantxa se ríe de mí. Arantxa y mamá se ríen de mí. Arantxa es mi hermana mayor, tiene quince años. Es rubia, con el pelo fino ahora recogido en alto, tiene el cuello largo, nunca me había fijado en el cuello de mi hermana, yo no tengo el cuello así, me lo miro en el espejo de la habitación del hotel, me pongo de perfil y levanto la cabeza, pero no es más largo que el de mi madre, es un cuello corto como el de ella, como mis labios, que son finos. Pero Arantxa, que tiene los labios gorditos, se los pinta para ir a la playa y le quedan muy bien, le hacen juego con el bikini rojo y unos pendientes de manzanitas, también rojos. Mamá le da un beso y lo hace porque sabe que estoy enfadada con ellas, me levanto para poner la toalla más lejos de sus toallas, quiero que sepan que las desprecio. Sí, las desprecio.

Me tumbo al sol boca abajo, tengo mi libro y el lápiz entre las hojas llenas de arena, se me van a quemar los hombros, mi madre me grita que me eche crema pero por supuesto no voy a hacerlo, no voy a mirarlas siquiera.

Pongo la cabeza sobre el libro y siento las lágrimas rodando por mis mejillas, ardiendo, me entran en los oídos y queman mucho más cuando están ahí dentro pero me concentro para no moverme, que no vean que estoy llorando, que piensen que no me importan nada porque en realidad no me importan nada, es cierto.

Ahora que he cerrado los ojos y tan sólo siento el calor en mi espalda y oigo el rumor de las olas un poco más allá de mis pies, me imagino que el mar está creciendo, esponjándose como un bizcocho en el horno. Ha empezado a crecer desde hace algún tiempo pero sólo hoy se desbordará y nos engullirá a todos, levantándonos de la arena de la playa como si fuéramos barquitos de papel. Me concentro en ese pensamiento y el fragor de las olas rompiendo no muy lejos de mis tobillos se hace cada vez más fuerte, estoy contenta de que se nos lleve el mar y sonrío, ignorando a mi hermana Arantxa quien me llama ahora con su voz de entrometida, que me deje, que yo estoy dormida, pensando en mis cosas y por mi como si no existiera.

Oigo las voces de la gente que me rodea multiplicadas por mil, es como si se hubiera formado un círculo de hombres, mujeres y niños en torno a mí. Si levantara la cabeza vería a todos ellos rodeándome, mirándome con lástima porque debajo de mi cuerpo se ha formado un agujero que me engulle, porque la arena que me sostiene me está tragando y desciendo lentamente a las profundidades, sin que nadie quiera ni pueda salvarme.

Pero a ellos se los llevará en breve ese rugido del mar que cada vez se hace más ensordecedor, se los llevará a todos, hombres, mujeres y niños que me contemplan; se iran entre remolinos de espuma, no encontrando a nada ni a nadie a lo que sujetarse.

Todos desaparecemos, nadie tendrá compasión de nosotros, nadie nos recordará nunca. Quizás, algún día algún paleontólogo encuentre nuestros huesos, como esas espirales de caracola que aparecen estampadas en las rocas del desierto. Alguien verá los pendientes de manzanitas rojas de Arantxa incrustados en la arena, las manzanitas de plástico de Arantxa y el collar de cuentas naranjas que lleva mamá hoy al cuello, uno de bolas muy grandes naranjas impregnado de olor a bronceador de coco. Esas serán las únicas pistas que los hombres del futuro tendrán sobre nuestra existencia.

Puede incluso que alguno de los paleontólogos piense en nosotras, en cómo éramos. Pensaran en la persona que llevaba esos pendientes de manzanitas, o en mamá al oler las bolas del collar naranja. Pero no sabrán nada de mí porque yo no tengo nada que dejar aquí para los arqueólogos, a mí se me ha tragado la arena de la playa. Llevo enterrada durante miles de años y mis huesos han desparecido, como cuando el viento sopla sobre las dunas y las hace desintegrarse; así, mis huesos convertidos en polvo han desaparecido de la faz de la tierra.

Pasa mucho tiempo y sigo en el mismo sitio, gotas de sudor me resbalan sobre los hombros, escucho el zumbido de mi corazón en los oídos, las olas rompiendo allá abajo ¿Y si ya estoy muerta? ¿Y si ya estoy muerta?

- ¡Elena!

La mano de Arantxa me zarandea, sus labios me hacen cosquillas en la oreja, me susurra con voz muy ronca, tan ronca que pienso que no es ella.

- ¡Elena! ¡ Está aquí! ¡Ha venido!

La sima en la que me hundo me levanta, el mar se aleja y sale el sol, levanto la cabeza y veo a Arantxa volviendo a su toalla, mamá se echa crema debajo de la sombrilla, mira a mi hermana y le pregunta, levantando la barbilla, pero Arantxa no dice nada, bien por ella.

Me incorporo y abro el libro, creo que tengo bien el pelo, respiro hondo porque no quiero mirarle, no quiero mirar a nadie.

Arantxa ríe, el sol sigue abrasándome, pasan los minutos y no me atrevo a levantar la mirada del libro. En realidad, pienso, hubiera sido mejor que nos hubiera arrastrado el mar ¿Qué hago yo ahora? ¿Qué hago yo con el libro, los hombros quemados y él ahí delante, a pocos metros de mi madre y de mi hermana?

Por fin me atrevo a lanzar una ojeada distraída, veo sus ojos verdes; se está bebiendo un refresco.

El estómago se me encoje con tan sólo mirarle.

Si pudiera quedarme aquí para siempre, invisible, como un animal que se esconde. Si no tuviera que levantarme a por la merienda, si no tuviera que crecer, si no acabara el verano, si pudiera quedarme aquí siempre, hasta que suba la marea y se me lleve, si pudiera no tener que saludar, o sacudirme la arena, o disimular que estoy nerviosa, ¿por qué seguir, dios mío, por qué? ¿No es todo completamente absurdo?

jueves, octubre 22, 2009

Cría Cuervos






El otro día tuve dieciseís años. Me levanté muy temprano para ir a clase de francés. En la parada del autobús pasé mucho frío, estaba recién duchada y llevaba el pelo todavía mojado. Me apreté las manos contra el pecho, los labios me temblaban. Pasaban coches alrededor de la rotonda, haciendo sonar los cláxones, todo el mundo está nervioso a las siete y media de la mañana. Por fin, apareció mi autobús con los faros encendidos, de un color entre naranja y amarillo. Fue en ese instante cuando volví a ser joven, casi adolescente. Subí al autobús con los otros, chicos y chicas que iban al instituto, no sabían que yo era uno de ellos, disimulé abriendo mi pequeña novelita de espías. Las chicas llevaban botas de tacón y se peinaban con colas de caballo altas y tirantes, que hacían destacar sus pómulos. Algunas miraban fieramente a su alrededor, como si odiaran a todo el mundo. La que estaba sentada a mi lado abrió la carpeta y sacó unos apuntes subrayados de mil colores. Comenzó a leerlos mientras se comía las uñas. Yo no pude evitar mirar a aquellos apuntes con el corazón encogido. De repente, chás, se rompió el hechizo y volví a la edad que tengo, dirigí de nuevo los ojos a mi novelita, un poco avergonzada. ¿Cómo había podido creer que yo…? En fin, ahora todo es diferente, no me tiraría por una ventana y, aunque la mayoría de los adultos que conozco me dan asco, tampoco quisiera volver, no, no creo que quisiera hacerlo.

Sin embargo, más tarde, después del trabajo, decidí que el día era demasiado alentador: Otoño, hojas secas y húmedas pegadas a la aceras, el cielo color tinta, a punto de anochecer en la ciudad. Tenía que caminar, me dije, tenía que transformarme en otra para huir, como hacía antes, como cuando me bastaba con darme un paseo por las calles de la ciudad en la que anochece.
Andando, llegué a la estación de trenes, allí todos tenían prisa por volver a casa y me sentí fuera de lugar. Se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era ir al cine. Buscaría una película rara, de esas francesas en las que la actriz mira a la cámara con ojos serios, o frunce el ceño y no dice nada, enciende un cigarrillo y se clava las uñas en las palmas de las manos hasta hacerse sangre.
Pero en la filmoteca la única que podía ver era una española, de título siniestro, de la que había oído hablar hacía muchos años, quizás en mi casa, siendo aún pequeña.
"Cría cuervos", de Carlos Saura.
Me la tragué entera, cansándome a ratos, estremeciéndome a otros, los ojos de la niña Torrent eran los ojos que yo iba buscando aquella tarde, eran como los ojos de una actriz francesa, que no dice nada, que mira y toca, y no sonríe, y se clava las uñas por dentro para no gritar.
Salí del cine pensando que algunas personas sólo han sido reales durante su infancia, que fue siendo niños cuando de verdad tuvieron lo que ahora buscan, por eso se sienten tan extraños, porque no saben que ya lo han perdido todo.

Volví a casa con la sensación de que había pasado una eternidad desde que saliera de casa por la mañana, el tiempo me había confundido con sus quejidos, no sentía ni mi estomago vacío, quizás porque estaba muy ocupada preguntándome por qué nadie nunca me dijo que soñar con ser libre era posible. Supongo que pensaron que no eran necesario decírmelo, o quizás es que nunca nadie antes se lo había dicho a ellos, y lo peor de todo es que creo que, aun hoy en día, nadie se lo dice a nadie, seguro que creen que es una tontería, o les da verguenza.

domingo, octubre 11, 2009

Anecdotario cotidiano


6. El perro del diablo en Sicilia.
( escrito en el anecdotario tras un viaje en tren desde Siracusa a Palermo)


Recuerdo esfuerzos en el tren por describir lo ocurrido en un cuaderno negro manoseado, de una pauta. Apretaba el bolígrafo mientras los dos adolescentes que se enroscaban frente a mí como dos babosas, dándose besos y patadas, hacían que la mesa donde me apoyaba se tambaleara y con ella el bolígrafo, y cuando escribí la palabra “diablo” de la “o” salió una raya que zigzagueó hasta el final de la hoja, y ahí me detuve para mirarles con ojos asombrados, porque en ese instante supe que era real, que lo había visto hacía tan solo unos minutos, en el andén de la estación de Bicocca.

Todo sucedió muy rápido, el tren había parado y yo era la única que había descendido, angustiada por saber si habría llegado a tiempo para hacer el cambio y tomar el tren a Palermo. La estación de Bicocca no era más que un andén junto al que corrían infinidad de vías herrumbrosas. Un joven, de unos dieciocho años, ojos negros, avanzó hacia mí con lo que parecía ser una sonrisa, aunque estaba a demasiada distancia como para que pudiera saberlo, y pensé que no era el momento de jugar a ser una Claudia Cardinale sin maleta.

Fue entonces cuando le vi, apareció de la nada, corriendo entre las vías, el perro más extraño que yo había visto en mi vida, un perro que, pensé, quizás venía siguiendo a los trenes que cruzaban la isla, esos trenes tan lentos que podían ser fácilmente acechados por lobos y otras fieras.

Era gris, con el pelaje corto y en punta, de patas largas, cabeza estrecha y orejas cortas, venía hacia mi con la boca entreabierta, enseñando sus colmillos, y me dije que nunca debería haber descendido en Bicocca, y que ya era demasiado tarde para pensar en ello.

Lo que más me sorprendió del animal fueron sus ojos, amarillos con la pupila intensamente negra. Dos ojos rientes acompañando a la boca entreabierta, y me dio la sensación de que más que un perro era una persona, un niño salvaje que corría a mi encuentro.

El joven, ya a mi lado, me examinaba con una diminuta sonrisa. Cuando vio al perro, se volvió hacia él y le detuvo, hablando en una lengua ininteligible, levantando la mano. El animal aminoró la carrera para continuar más despacio, sin despegar los ojos de mi, la lengua colgándole de la boca y la risa entre sus dientes, dejando ver restos de carne o, me imaginé, de carroña.

El tren que me había llevado hasta allí partía ahora silbando a mis espaldas, en el andén solo estábamos el perro casi humano, cuya presencia lo llenaba todo, y el joven moreno siciliano, con su sonrisa de suficiencia.

Y, entonces, de alguna manera, percibí que era algo mío, algo que yo tenía era lo que había atraído al siciliano y al perro de ojos amarillos, y sospeché que ese algo no era otra cosa que mi inocencia, porque lo escribo aquí sin ningún rubor: Yo sé que soy inocente y que estoy perdida, por mucho que a veces crea albergar algo podrido dentro, malhadado, algo peligroso y torcido, pero no creo que eso realmente exista. En todas mis fotos mi maldita bondad me brilla en la piel, tirante, y ni pizca de maldad o de envidia me deforma los labios o los ojos, lo que me convierte en una persona poco fotogénica, lo sé de sobra, por eso nunca me hago fotos, no lo soporto.

Eché a andar por el anden y el perro vino detrás de mí. Sentí la vaharada de su aliento en las corvas y fue como si quisiera metérseme dentro. Me asusté pero el joven siciliano le chistó, lo que provocó que el perro se apartara de mi de nuevo,con un leve aullido, como si algo le hubiera golpeado, pero nadie le había tocado, sólo que el siciliano parecía tener más control sobre él de lo que parecía, como si ese perro piojoso no fuera en realidad el perro salvaje y vagabundo que parecía ser, sino su propio y obediente perro.

Con la seguridad que sólo provoca el miedo me volví hacia el joven y le pregunté por el tren a Palermo. Los dos, perro y siciliano, me miraron sorprendidos por el sonido de mi voz. Los efluvios del aire mohoso del final del verano, dormido y fermentado entre las vías, me provocaron zumbidos en los oídos.

Supe que en breves instantes sabría si seguiría adelante o si mi inocencia me llevaría a quedarme allí, paralizada para siempre por el aliento del perro y el hombre.

Pero quizás mi alma no fuera tan pura como creía.

El siciliano sonrió, esta vez abiertamente, enseñando unos dientes largos y amarillos, y señaló súbitamente a un tren que se aproximaba a la estación sin hacer ruido. Con la otra mano- me di cuenta de ello- detuvo al perro que se preparaba en aquel instante para lanzarse sobre mí.

-Palermo- dijo, bajando la cabeza, condescendiente.

Me dejó ir, corrí, salté sobre cascos rotos de botellas, vi las piedras menudas entre las que crecía la maleza junto a las vías, di las gracias en voz alta sin mirar atrás, el tren se detuvo y alguien vestido de revisor me dejó subir.

Tambaleándome, encontré un sitio libre donde me senté sin aliento, el tren arrancó a toda prisa. Apenas tuve tiempo para apretarme contra la ventanilla y mirar cómo la estación de Bicocca quedaba atrás, con el siciliano y su siniestro animal.

Me peleé con la tinta de mi bolígrafo absurdo mientras los adolescentes de enfrente me enervaban con sus besos, no habría nada que contar ahora si yo hubiera cerrado el cuaderno, pero tenía que escribirlo, por muy descabellado que fuese.

Me encontré con el diablo. Lo hice.

Me encontré con el diablo y su perro en Sicilia, he tenido que venir hasta aquí para contarlo.

sábado, septiembre 19, 2009

Anecdotario cotidiano



5. Los pasajeros zombies.


Cuando era una niña leía novela juvenil, cuando era una adolescente leía novela adulta, ahora que soy adulta ya no se qué leer, todavía no han inventado la novela octogenaria.
Por eso el otro día me dije que debería empezar a escribir una novela solo para mí, a mi medida.
Pero he hecho un descubrimiento: Escribir bien es terriblemente difícil. Y escribir una novela es prácticamente imposible.
No tengo vida suficiente para escribir. No tengo vida, mi biografía es vulgar, propia de una joven mujer de mi generación.

Miro a la gente en el autobús y pienso en sus biografías. Quizás el hombre sentado en el lateral de la plataforma, el de las gafas redondas y foulard naranja alrededor del cuello, tenga una biografía más interesante que narrar, aunque me pregunto qué clase de vida puede tener un belga de mediana edad. Pero enseguida me digo que Magritte también era un belga de mediana edad, habituado a irse a dormir a las seis de la tarde y que, sin embargo ,tenía ideas nada corrientes.

Saco el cuaderno y comienzo a escribir sobre un hombre aparentemente aburrido pero que dobla la media de la imaginación humana.
Me fijo en el pasajero que Magritte, el hombre del foulard, tiene sentado al lado: Este es un hombre joven de frente despejada, ojos juntos y nariz aristocrática. Tiene la boca entreabierta y un gesto de fastidio evidente. Mira a su alrededor como si todos fuéramos enemigos. Junto a sus pies, hecho un ovillo, hay un perro blanco, casi un cachorro. El hombre sostiene la correa y de vez en cuando lo mira con expresión de sufrimiento, como si tenerlo enroscado junto a sus tobillos fuera algo injusto y humillante para ambos.
Me olvido de Magritte y me concentro en el lunático del perro.
Imagino en qué clase de familia ha crecido, qué era lo que hacia de niño, anoto que fue un niño mimado que, sin embargo, nunca obtuvo lo que pedía. Por eso ahora es tan celoso con su perro, porque de pequeño no le dejaron tener uno.

El autobús ha parado y una mujer de unos treinta años levanta con esfuerzo el cochecito de un niño con la intención de entrar por la puerta trasera. La gente de la plataforma se aparta, pero nadie mueve un músculo para ayudarla. El autobús se pone en marcha a toda prisa y el cochecito da un bandazo. Ella tiene reflejos para sujetarse rápidamente a una barra lateral, sosteniendo con la otra mano el carrito, mientras busca con la mirada un lugar seguro donde situarse.

Los viajeros que estamos sentados la miramos con indiferente curiosidad. Es como si todos pensáramos que una joven madre que tiene un bebe recién nacido no debería subirlo en un autobús abarrotado de gente. La miramos y sabemos que no podemos cederle el asiento porque ella no podría acomodarse en el pasillo con el coche del niño. Eso nos tranquiliza y nos exime de ayudarla, también nos permite juzgarla con total tranquilidad, pensar que es una irresponsable por meterse por la puerta trasera del autobús con un carrito de bebé, sin pensar en las consecuencias.

Llega una nueva parada y Magritte, el hombre del foulard naranja, se levanta y abandona su asiento junto al joven lunático del perro.
Inmediatamente la joven madre hace maniobra con el coche para ocupar el asiento libre. Avanza titubeante, tiene los ojos oscuros, el pelo lacio y sucio. Todos la miramos. Su maniobra es peligrosa pero no podemos ayudarla, creo que ni aunque pudiéramos la ayudaríamos, estamos pegados a nuestros asientos.
El autobús arranca con inusitada potencia y en ese mismo instante el perro lanza un gañido, ella le ha pisado.
-¡Es que no ha visto a mi perro! – grita el lunático con rabia, los labios temblándole, las manos se enrollan nerviosamente la correa alrededor de la muñeca, tirando del perro para acercarlo más a sus rodillas.
No puedo creerlo, el joven lunático ni siquiera se ha movido para dejar que ella se sentara.
Estoy, por fin, indignada.
La joven madre, sentada ya junto al lunático, sujeta con una mano al bamboleante cochecito y vuelve la cabeza para mirarle fijamente. El lunático sigue mascullando, pálido, el entrecejo fruncido, la barbilla baja, meneando la cabeza con gesto de intenso sufrimiento, y ella no le quita la mirada de encima.
Después pregunta, con voz inexplicablemente dulce.
“¿De qué raza es su perro?”
El no la mira y responde algo que no entiendo.
Y ella, el pelo lacio cayéndole sobre la cara, se inclina y acaricia al animal, que mueve la cola, agradecido.
“Es un perro muy bonito, ¿cuánto tiempo tiene?”
Ni la anciana que lee una revista a mi lado y ahora mira por encima de sus gafas, ni el adolescente con gorra y granos del asiento de mi derecha, ni ninguno del resto de pasajeros que ha presenciado la escena, entiende cómo es posible que ella le hable con esa dulzura, que acaricie al perro, que le haga preguntas, como si fuera un niño muy solo o muy triste, abandonado, como si fuera el perro mismo.
El lunático está claramente incómodo. Pero ella no le deja en paz.
“¿Y cómo se llama?”.
“Perro”, contesta él, desesperado.
“¡Perro!, ¡pero eso es genial!”
Y acaricia más a “Perro”, tanto, que parece que entre “Perro” y ella lo que en realidad hay es un reencuentro.
El lunático mira a “Perro”, y luego la mira a ella, está confuso, pero ya no parece tan enfadado como antes, vuelve a mirar a “Perro”, que lame la manos de la joven madre y entonces, como si estuviera celoso, baja la mano para acariciar él también a “Perro”.
Durante un minuto o dos ella y lunático acarician al animal. Luego él retira la mano, confuso, mira hacia delante y- me doy cuenta- todo su malhumor ha desaparecido.

Llegamos a la parada en la que “Perro” y Lunático han de bajarse. La joven madre ha adquirido un brillo sobrenatural ante mis ojos, ya no es la mujer irresponsable que vi cuando subió al autobús, una de esas madres que acarrean a sus hijos de un lado a otro con el gesto de quien preferiría no hacerlo.
Ahora es alguien imprevisible. No hay mucha gente imprevisible en el mundo.
Me atreveria a asegurar que, con su gesto, ha cambiado el curso del tiempo y de la historia.
Se despide de “Perro” con un achuchón, acercando la boca a su morro fingiendo darle un beso. Lunático tira de la correa con fuerza, luchando por sonreir. Cuando salta a la acera se queda de pie en la parada, como si no supiera hacia donde ir, “Perro” husmeando el suelo a sus pies.

Ahora ella se inclina sobre el bebé dormido dentro del carrito, después apoya la espalda contra el asiento, suspirando, cierra los ojos, y yo la miro, asombrada.

lunes, septiembre 14, 2009

Anecdotario cotidiano



4. La Brasserie



Es verdad que no sabemos nada de los otros. No sabemos nada de los otros porque la gente nunca dice nada.
Esta es una verdad como un templo.

Me ha sorprendido la lluvia, estoy en una “brasserie” situada en algún punto del Norte de la ciudad y- así lo espero- no muy lejos de mi casa. Me he refugiado aquí escapando de la lluvia traicionera de Bruselas, cuando llueve nunca esperas que llegue a diluviar como lo hace ahora, pero a veces sucede, empieza despacio y, pasados unos minutos, si no tienes paraguas no hay nada que hacer, te calas hasta el tuétano.

Volvía a casa caminando después de una extraña excursión organizada por los servicios sociales de la institución en la que ahora trabajo. La gente, temerosa como yo, no hablaba en el museo, ni en la escuela de 1920, de arquitectura modernista, que nos han enseñado.

La timidez de los desconocidos. Todos éramos desconocidos, y tímidos sólo a causa de las circunstancias.

He sacado mi cuaderno y escribo esto mientras gotas de lluvia se desprenden de mi pelo y ruedan por mi nuca. Tengo todas las papeletas para pillar la gripe A, la “swine flu”, una neumonía, cualquier cosa.

Veo, frente a mí y junto al ventanal, a un hombre vestido con camisa a rayas y tirantes. Un hombre anciano que, cuando gira la cara, me muestra una mejilla fofa y los pelos de un bigote cano. El hombre está solo, bebe tónica y fuma mientras mira por el ventanal, de vez en cuando pesca un cacahuete y lo mastica con detenimiento, luego fuma otra vez.

Podría ser un hombre triste, por qué no. Es una tarde de lunes, de lluvia gris, una tarde para repasar despacio momentos irrecuperables, sentirse derrotado y sin esperanzas.

Pero en lugar de ver a un hombre triste me digo que mejor ver a un hombre valiente. “He ahí un hombre valiente. No hay muchos hombres valientes hoy en día. Ese de ahí es uno de ellos, un superviviente de Auswitch por ejemplo. Un hombre del que nunca sabré nada, del que nunca sabremos nada, que desaparecerá en poco tiempo”

Sigue lloviendo y no tengo a donde ir.

Bueno, eso no es estrictamente verdad: Es una medio verdad.

No deja de llover, eso es verdad. Pero sí que tengo a donde ir, lo que pasa es que me puede mi tendencia dramática y he tenido que escribirlo.
“No tengo a donde ir” y “Ya no te quiero”, las dos cosas mas tristes que puede decirle un ser humano a otro. O al menos en las que puedo pensar ahora.

Voy a cenar aquí. He pedido una ensalada de nueces con roquefort después de reflexionar profundamente delante del menú.
Cuando encargo la comida pienso que quizás haya sido un error. No puedo estar a más de veinte minutos de casa. Además, ya no llueve tan fuerte.

El hombre valiente de los tirantes ha vuelto a encender un cigarrillo. Todo está muy silencioso en esta “brasserie”. Las “brasseries” belgas son como las cafeterías Manila madrileñas. Te sientas en sillones de sky, hay grandes espejos y ventanales, los camareros llevan pajarita, o chaqueta, o son muy serviciales, suena música ambiente y normalmente sólo hay cuatro gatos que mastican en silencio.

Los otros gatos que tengo a mi derecha es una pareja que bebe y fuma dirigiéndose de vez en cuando alguna palabra breve, alguna ininteligible pregunta. “Oui”, responde ella, gafas de pasta roja, cuello arrugado, pelo corto teñido de rubio, terriblemente involucrada en su cigarrillo.

La voz de Tom Jones, a un volumen ambiente tal que hasta ahora no la había escuchado, se oye a través del hilo musical.
“It’s not unusual”

“Todo es deprimente”, escribo con dolor de codos y dedos.

He terminado mi ensalada y ahora bebo cerveza. El hombre valiente se ha ido hace un minuto. Al ponerse en pie me he dado cuenta de su cojera, más que una cojera parecía que tenía el lado izquierdo del cuerpo paralizado y que era su lado derecho el que lo arrastraba. Eso ha confirmado mi teoría sobre su pasado heroico.
Me ha lanzado una mirada de curiosidad antes de salir. Probablemente ha captado mis continuas preguntas silenciosas sobre él. Todos tenemos antenas.

Ya lo tengo, este es un lugar donde la gente viene a esperar a la muerte. Sí, es la idea mas deprimente de toda la tarde, pero mirando a los escasos clientes, la pareja fumadora de mi derecha, el camarero que fuma ahora en la puerta de la calle, dos ancianos de pelo blanco que expulsan bocanadas de humo en su mesa al fondo del local...

Todos, todos sin excepción parecen estar esperando a alguien, a la muerte, a quién si no.

El tabaco mata antes así que ¿por qué no fumar para que la muerte venga lo más deprisa posible?

Creo que me ha sentado mal el roquefort, la piel se me pone de gallina y tengo escalofríos. Voy a pillar una gripe que me va a matar, me estoy quedando fría, agarrotada y fría.

La muerte vendrá directamente a por mí, saltando por encima de todos los otros.

Tengo que salir de aquí.

sábado, septiembre 12, 2009

Anecdotario cotidiano


3. No me dejes.



Ayer Viernes y, dejando el verano atrás, pasaron varias cosas interesantes.

Esperando al autobús, de vuelta del trabajo, vi a una pareja sentada en un banco. Él fumaba mirando al frente con gesto torvo. Ella estaba enroscada junto a su cuello, le acariciaba la oreja con la lengua, se frotaba contra él como una gatita enamorada. Les miré sólo porque ella era muy guapa bajo el pañuelo negro que le tapaba el pelo. Incluso debajo del estricto pañuelo se podía apreciar que era muy bella.

Me sorprendí pensando en ella como una mujer libre, sí, libre. Libre porque aunque el novio era un cretino- eso se podía apreciar a simple vista- ella le amaba.
Imaginé que su amor tenía que ser por fuerza más intenso que el de las mujeres “libres” que, como yo, pueden coquetear con cualquiera sin ningún cargo de conciencia.
Una joven tan hermosa, atrapada entre esos ropajes holgados, lo único que tenía para escapar de su prisión era a su amor. En ello pondría todos sus sentidos, no habría otra ambición más que ser amada y amar, y todo ello lo viviría con una intensidad que yo no sentiría nunca.

Pensando en lo poco que vale el amor cuando una es libre me bajé en la parada equivocada. No estaba lejos de casa así que decidí probar un cambio de itinerario, metiéndome por una de las calles que nunca hasta ahora había recorrido.
Las casas eran más bonitas por allí, volutas esculpidas en las paredes, portales de cristales esmerilados, ventanas desbordantes de flores.
Vi una placa dorada junto a una puerta de madera oscura, cuando ya estaba a punto de llegar al final de la avenida.
“En este casa nació el cantante Jacques Brel, hijo predilecto de Bruselas” no recuerdo que fecha mencionaban.
Pero he aquí el misterio.
Yo no tenia ni idea de que Jacques Brel había nacido en una casa que estaba a pocos metros de mi casa. Yo no sabia eso pero, dada mi manía de dar una capa de brillo extra a los acontecimientos de mi vida, le había contado mismamente aquello a alguien por teléfono, lo inventé para hacer que mi nuevo barrio fuera más atractivo ante mis ojos, no ante los del interlocutor, que ni siquiera sabía quien era Jacques Brel.
“Y al lado de mi casa está la casa donde nació Jacques Brel” solté.
Pero tal cosa no era cierta.
Hasta ayer Viernes por la tarde, que descubrí que sí que lo era.
Ahora sólo tengo que contarle a alguien que me he encontrado con él en la esquina, con el mismo Jacques, ojeras, cigarrillo en los labios, boca dentuda.
¡Le haré resucitar!

Llegué al portal de casa con sensación de extraviada, buscando las llaves en mi bolso, abrí el buzón y me encontré con un buen puñado de cartas, cartas del banco, publicidad, seguros médicos.
Las miré sin siquiera tocarlas y me dije que eso es lo que haría, las dejaría allí, como si no significaran nada.
Me dije que podría dejarlas ahí para siempre.
Nuevas cartas, preguntándome, muy educadamente, que por qué tardaba tanto en darles una respuesta se añadirían a las primeras.

Las ignoraría hasta que perdieran sus fórmulas de cortesía, hasta que ya no incluyeran el encabezado de “Estimada Sra.” o se despidieran con un “Atentamente”.

Atentamente una mierda, atentamente paga lo que nos debes de tu tarjeta de crédito, atentamente confírmenos sus nuevos datos, atentamente note que ha de pagar los intereses de su cuenta, ¡atentamente responda de una maldita vez!

Las ignoraré, me dije, las ignoraré hasta que ya no puedan más y se escapen por la ranura del buzón.

Entonces comprendí que aquel era el más inteligente primer paso que puede darse, en una ciudad extranjera, para desaparecer.






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